En ese marco el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) correspondiente a julio mostró una caída de 2,9% frente a junio en términos desestacionalizados y un retroceso de 1,4% respecto de julio de 2025. Se trata de uno de los peores registros mensuales de la serie reciente y el mayor retroceso desde abril de 2020 si se toma la comparación mensual desestacionalizada.
El dato adquiere una dimensión política particular porque llega apenas cinco meses después de que el ministro de Economía, Luis Caputo, asegurara públicamente que la Argentina había ingresado en un “proceso virtuoso” y que los siguientes 18 meses serían “los mejores que Argentina haya visto en las últimas décadas”.
La realidad estadística, sin embargo, comenzó a mostrar una fotografía bastante menos triunfalista.
Cuando el ajuste llega al trabajo
Para el movimiento obrero, la discusión no puede reducirse a una diferencia entre series estadísticas. Cuando cae la industria, cuando se frena la construcción, cuando retrocede el comercio y cuando se reduce el nivel de actividad, detrás de esos porcentajes aparecen fábricas con menos producción, trabajadores con menos horas, suspensiones, puestos que no se renuevan y familias que pierden capacidad de consumo.
El propio INDEC informó que en julio la industria manufacturera registró una caída interanual de 4,6%, mientras que el comercio mayorista, minorista y las reparaciones retrocedieron 5,1%. Entre ambos sectores explicaron una parte sustancial del resultado negativo del EMAE.
La construcción tampoco quedó al margen. Las estadísticas oficiales mostraron un escenario adverso y el Gobierno atribuyó parte de ese comportamiento a factores climáticos y a las mayores lluvias y nevadas respecto de los promedios históricos.
La explicación de Caputo: el Mundial, los paros y el Papa
Frente a los números negativos, Caputo eligió poner el foco en los denominados “shocks transitorios”. El ministro mencionó la menor disponibilidad de gas para la industria, las condiciones climáticas, las menores horas trabajadas en algunos sectores durante el Mundial de fútbol y los paros.
Pero la explicación fue todavía más lejos: Caputo sostuvo que acontecimientos como la próxima visita del papa León XIV también pueden afectar las mediciones porque modifican la cantidad de días u horas efectivamente trabajadas.
El ministro también cuestionó la utilización de la serie desestacionalizada y pidió prestar mayor atención a la tendencia-ciclo, que en julio registró una variación positiva de 0,2%.
El problema político de esta argumentación es evidente: los mismos indicadores que el Gobierno reivindica cuando muestran crecimiento pasan a ser relativizados cuando aparecen en rojo.
El dato que el Gobierno utiliza para defenderse
Hay que señalar también el otro lado de la estadística. El EMAE acumuló durante los primeros siete meses de 2026 un crecimiento de 1,7% respecto del mismo período de 2025. Además, el PIB del segundo trimestre registró una suba interanual de 2%, aunque en la comparación desestacionalizada contra el primer trimestre cayó 0,6%.
Es decir, no sería correcto afirmar que toda la economía argentina se encuentra en caída libre. Hay sectores que crecen y existen indicadores que todavía muestran variaciones positivas.
Pero esa precisión tampoco permite esconder el deterioro de ramas centrales para el empleo argentino.
Industria en retroceso
La evolución posterior profundizó la preocupación. Según los últimos datos disponibles del INDEC, en agosto la producción industrial manufacturera cayó 3,2% interanual y acumuló una baja de 2,7% en los primeros ocho meses de 2026.
La construcción tampoco consiguió despegar: en agosto cayó 4,4% interanual, aunque el acumulado del año todavía muestra una variación positiva de 0,8%.
Estos números resultan especialmente relevantes para el sindicalismo porque industria y construcción tienen una enorme capacidad de generar empleo directo e indirecto y de movilizar cadenas completas de proveedores, contratistas y trabajadores.
El mercado laboral también muestra tensión
El deterioro de la actividad aparece acompañado por un mercado laboral que no ofrece precisamente señales de tranquilidad. El INDEC informó que durante el segundo trimestre de 2026 la desocupación llegó al 7,9%, con una tasa de empleo de 45% y una tasa de actividad de 48,9%.
Para el movimiento sindical, el dato merece ser leído junto con la evolución de salarios, consumo, empleo registrado y condiciones de trabajo. Una economía puede exhibir determinados indicadores macroeconómicos positivos y, simultáneamente, generar una realidad cotidiana mucho más dura para los trabajadores.
Del “proceso virtuoso” al relato defensivo
El contraste es inevitable. En abril, Caputo hablaba de desinflación, crecimiento, inversiones y confianza. El Gobierno presentaba la estabilización macroeconómica como la puerta de entrada a una etapa de expansión. El ministro llegó a afirmar que la inflación tendría “certificado de defunción” y que comenzaban los mejores 18 meses de las últimas décadas.
Cinco meses después, frente a una caída mensual de 2,9%, la explicación oficial incorpora paros, Mundial, clima, gas y hasta la visita del Papa.
Para los trabajadores, sin embargo, el problema no es estadístico. Es mucho más concreto: cuánto produce la fábrica, cuántas horas se trabajan, cuánto se cobra, cuánto se puede comprar y cuántos puestos de trabajo existen.
La economía real no se explica con excusas
El Gobierno todavía puede exhibir un crecimiento acumulado de 1,7% en los primeros siete meses y otros indicadores favorables. Pero la sucesión de retrocesos en sectores sensibles obliga a discutir qué clase de crecimiento está produciendo el modelo económico.
Mientras algunas actividades extractivas muestran resultados positivos, industria y comercio aparecen entre los sectores que más pesan negativamente. En julio, por ejemplo, minería y pesca estuvieron entre las ramas de mejor desempeño, mientras la industria y el comercio retrocedieron con fuerza.
Y allí aparece la pregunta que el sindicalismo no puede dejar pasar: si el modelo consigue mejorar determinadas variables macroeconómicas pero deteriora el entramado productivo y laboral, ¿quién está pagando el costo de esa transformación?
Los trabajadores argentinos no necesitan que les expliquen si el Mundial modificó una serie estadística. Necesitan saber si conservarán su empleo, si el salario alcanzará para llegar a fin de mes y si la industria nacional tendrá futuro.
La promesa fueron “los mejores 18 meses”. Los datos de actividad, por ahora, muestran otra película. Y frente a esa contradicción, la pregunta ya no es solamente cuánto crece o cae el EMAE: es para quién funciona la economía que el Gobierno está construyendo.