Milei les sirve el asado a los extranjeros mientras los trabajadores argentinos pierden la carne
La secretaria general de la presidencia Karina Milei impulsa la promoción de carne argentina en Israel mientras el consumo interno continúa en retroceso. Con salarios golpeados y alimentos cada vez más difíciles de pagar, la política exportadora del Gobierno vuelve a encender el debate sobre las prioridades económicas de la Casa Rosada y el deterioro de la mesa de los trabajadores.
El Gobierno de Javier Milei apuesta a conquistar nuevos mercados para la carne vacuna argentina, pero la foto de la promoción comercial en Israel contrasta con una realidad cada vez más difícil para millones de trabajadores: comprar carne se convirtió en un esfuerzo para el bolsillo y el consumo interno continúa mostrando señales de retroceso. Mientras la Casa Rosada celebra las oportunidades de negocios en el exterior, las familias deben ajustar sus compras, reemplazar alimentos y hacer cuentas para llegar a fin de mes.

El pasado 9 de octubre, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, junto con Diego Sucalesca, titular de PromArgentina, mantuvo un encuentro con la embajadora de Israel, Ahuva Spieler Reshef, para impulsar la Semana de la Carne Argentina en ese mercado. La iniciativa apunta a fortalecer los vínculos comerciales y abrir oportunidades para los frigoríficos nacionales. Sin embargo, el anuncio quedó atravesado por una pregunta incómoda para el oficialismo: ¿de qué sirve celebrar la expansión exportadora si una porción creciente de la población tiene dificultades para acceder a los alimentos?
Negocios para afuera, preocupación adentro
Las exportaciones son una fuente importante de divisas y pueden contribuir a sostener la producción y el empleo. El problema aparece cuando la política económica pone el acento en los negocios internacionales sin que los beneficios se traduzcan en una mejora de las condiciones de vida de quienes trabajan y producen.
Según cifras atribuidas a la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el consumo de carne vacuna se ubicó en agosto de 2026 en torno a los 46 kilos anuales por habitante, con una caída interanual del 9,5%. El dato expone el retroceso de un alimento históricamente central en la mesa argentina y obliga a mirar más allá de los anuncios oficiales.
Detrás de las estadísticas hay familias que cambiaron sus hábitos de consumo. Los aumentos de precios, la pérdida de poder adquisitivo y el peso de los gastos básicos llevan a muchos hogares a reducir las cantidades que compran o a reemplazar la carne vacuna por alternativas más económicas.
Las alitas de pollo, las menudencias y otros productos de menor costo aparecen en el debate público como símbolos de esa adaptación forzada. No significa que todas las familias hayan modificado su alimentación de la misma manera, pero sí refleja una preocupación concreta: la capacidad de compra condiciona cada vez más lo que llega a la mesa.
La libertad de mercado también tiene consecuencias sociales
El discurso económico de La Libertad Avanza sostiene que la apertura comercial y el desarrollo de la actividad privada pueden generar crecimiento. Pero la realidad cotidiana plantea otro interrogante: ¿quiénes acceden a los beneficios de ese crecimiento y quiénes terminan pagando sus costos?
La caída del consumo no puede explicarse exclusivamente por las exportaciones. También intervienen los precios, los ingresos familiares, la producción ganadera y las condiciones generales de la economía. Sin embargo, el contraste entre la promoción oficial de nuevos mercados y las dificultades de los consumidores vuelve inevitable discutir las prioridades del modelo.
Para el movimiento obrero, la cuestión es concreta. Los salarios no son solamente una variable de los informes económicos: representan la posibilidad de comprar alimentos, sostener una familia y vivir con dignidad. Cuando los ingresos quedan rezagados frente al costo de vida, el ajuste se manifiesta en decisiones tan elementales como reducir la cantidad de carne que se compra durante la semana.
La discusión, por lo tanto, no debería limitarse a celebrar cada nuevo destino comercial. También debería incluir políticas que permitan mejorar los ingresos, fortalecer el mercado interno y garantizar condiciones de acceso a una alimentación adecuada.
La mesa de los trabajadores no puede quedar relegada
Argentina tiene capacidad productiva para abastecer distintos mercados y generar ingresos a partir de sus exportaciones. El desafío consiste en articular esa actividad con las necesidades de su propia población. Vender al exterior no implica necesariamente desabastecer el mercado interno, pero tampoco garantiza que los alimentos resulten accesibles para quienes viven de un salario.
La promoción de la carne argentina en Israel vuelve a exponer esa contradicción: mientras el Gobierno busca oportunidades para los frigoríficos y los exportadores, el consumo doméstico muestra dificultades que no pueden resolverse únicamente con anuncios comerciales.
La pregunta que queda abierta es qué lugar ocupa el trabajador argentino dentro de esa estrategia económica. Porque detrás de cada indicador de consumo hay una realidad social que no se mide solamente en toneladas exportadas, divisas ingresadas o acuerdos comerciales firmados.
El Gobierno puede abrir mercados en el exterior, pero no debería ignorar lo que sucede puertas adentro. Si el crecimiento económico no se refleja en el plato de comida de los trabajadores, la discusión sobre quiénes se benefician con el modelo seguirá ocupando un lugar central en el debate nacional.
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